martes, 17 de junio de 2014

Un ápice de épica


Se dice, que el ciclismo moderno ha perdido la épica. Al leer libros y crónicas añejas, o escuchar hazañas pasadas,  parece, que el sabor rancio, la falta de modernidad, de esas tecnologías que contabilizan los gramos de fuerza en vatios, de la hostilidad de los tiempos, del blanco y negro, del mal asfalto o la falta del mismo, es más glorioso, más legendario, más heroico el maillot de punto que las fibras modernas.  No lo creo.

La dureza no se mide igual en épocas distintas. El ciclismo, como todo, ha cambiado, se ha modernizado, sin embargo, eso no significa que se haya ablandado. Ni si quiera, se ha moderado. Ni él, ni los corredores. Si no, miren algunas etapas de este Giro 2.014. La vida, desde principios del siglo pasado hasta ahora, para una mayoría, por muy dura que sea la crisis que no habita, se ha hecho menos cruda y como la vida, el ciclismo también. Las carreteras son mejores, la preparación, la bicicletas infinitamente, los ropajes, las zapatillas, la alimentación, las organizaciones, los controles, los equipos, los hoteles, los autocares, y por encima, las tecnologías. En fin, todo. Todo menos los humanos: los mecánicos, los directores, la afición… y los corredores.  

Cuando empezó la retransmisión de la octava etapa de esta Dauphine, el caos ya se había apoderado del pelotón. Un grupo de más de veinte escapados a tres minutos, entre ellos un corredor, Talansky, que estaba a 39 segundos del líder, Contador. Contador, que vuelve a ser Contador. Él, estaba solo, sin equipo, ante unos Garmin dinamiteros, unos Sky muy fuertes, como lo demuestra al final la victoria de un gran Nieve y un montón de ataques de Astaná, Belkin, o cualquier otro. Una lluvia fina para terminar de decorar esos paisajes apocalípticos y la certeza de contar únicamente con sus fuerzas para acabar la etapa de amarillo y conseguir el triunfo final. Fue entonces, a falta de unos veinte y pocos kilómetros, cuando Contador, con un ataque osado a Froome, demostró como ya hecho anteriormente, que le épica en el ciclismo no murió con el televisor en color, ni con los años negros de Armstrong, ni con Mc Quaid, ni con la crisis global, ni por las ganas de muchos. No logró mantener el maillot amarillo. En su huida, huida que ha repetido este año varias veces y huida como quién huye de algo, adelantó a tantos despojos de la fuga, que parecía que hubiera salido último, a casi todos, hasta que las fuerzas empezaron a menguar. Ninguno podía seguir más de 20 metros cuesta arriba sur ritmo. Talansky, no desfalleció. Froome, se quedó tan atrás, tan lejos y tan abatido con la cabeza entre los hombros, que ni su imperial equipo, con un gregario tras otro, menos Nieve, tuvieron fuerzas suficiente para mantenerlo siquiera en el TOP 10,¿Quién sabe que habrá colgado su estimada pareja en Twitter para explicárselo? Alberto, perdió el liderato por 27 segundos, sin embargo, nos regalo un espectáculo esplendido y se llenó el depósito de moral hasta el borde. Aunque eso, no gane el Tour.


La narración de esa crónica, hecha por un profesional, no debe perder respecto a aquellas antiguas hazañas, un ápice de épica.  

miércoles, 28 de mayo de 2014

El archienemigo

El gris del cielo augura tormenta. Y sin embargo, me parece un plan perfecto para pasar la tarde de un martes cualquiera enfrente al televisor. Etapa reina del Giro y su cielo, es más amenazador que el mío. Las heroicidades se consiguen con todo en contra.

La primera ascensión, el calentamiento, es el Gavia a ritmo de unos MoviStar intratables. El frío parece algo exterior a todos esos cuerpos esqueléticos que suben resoplando bajo un lluvia fina que cala hondo. Arriba, les espera la nieve para posarse en sus chubasqueros igual que se posa en la montaña. El descenso es únicamente para intrépidos, para personas a las que quizás, y bien lo saben, a parte de la vida, se jueguen un futuro mejor por brillar en esas cumbres legendarias dónde otros valientes, algunos incluso ídolos, ya lo hicieron. Sin tregua, se sube el Stelvio a ritmo aniquilador para un pelotón ya muy mermado. Cada vez con menos unidades. Al coronar, la nieve y la confusión.  Confusión por creer que el descenso estaba neutralizado sin ser así. Y unos kilómetros más abajo saliendo de la niebla como de la confusión un pequeño y moreno Nairo, que cambiándose las gafas de agua por unos de un cristal más oscuro se le pode observar en su mirada la obstinación para la hazaña. Acompañado por unos actores secundarios que se caeran poco a poco igual que la fruta madura en el transcurso de los kilómetros finales hasta a meta, el último Hesjedal. Tirado por su compañero Izaguirre que hasta dónde llega lo da todo, como siempre hacen los fieles escuderos. Después, Rolland y Hesjedal, se niegan una y otra vez a darle un relevo al pequeño colombiano que parece alado hacía su destino; un sueño Rosa.


Las epopeyas son el conjunto de hazañas y hechos memorables que hace una persona. Nairo, con 24 años y habiendo aprendido a montar en bici a los 15, va a un ritmo para entrar en la épica del ciclismo, pero sin duda, para conseguirlo, necesita un archienemigo a su altura.         

sábado, 17 de mayo de 2014

Lo amargo del asfalto.





Lo primero que se aprende al montar en bicicleta es que te caes. Después, mucho después, vienen otros aprendizajes. La cuestión es casi tan vieja como las carreras: ¿Se debe esperar?

Un profesional, una persona que vive del ciclismo, no va a correr el Giro para esperar a todos los que se caigan. Ya sean 1 o 60. Va para ganarlo. Cuando un boxeador cae a la lona, el árbitro detiene la pelea y empieza la cuenta, cuenta hasta diez, si no consigue levantarse queda fuera de combate o lo que es lo mismo, pierde. En el ciclismo, esta regla no existe, si uno se cae, pincha, se para a besar a su mujer o le atrapa en mal sitio un abanico, no se para la carrera. No hay cuenta que detener, el tiempo sigue corriendo y tu eliges, si debes dejarlo escapar o no. A sabiendas, que gana quién tarde menos en hacer el mismo recorrido. Las normas son las que son.

Uno no va al Giro a demostrar lo buena persona que es, ni lo caballeroso. Un profesional va para ganarlo. Esperar, yo creo que mientras sean incidentes de carrera no se debe esperar.  Si llueve hay peligro de caídas, si no quieres caer aminora la velocidad. Pero resulta que por esa causa no hace falta esperar. ¡Qué sinrazón!


Lo primero que se aprende al caerse, es que debes volver a levantarte para poder continuar.   

martes, 8 de abril de 2014

Resurrección

Buscamos ídolos. ¿Por qué? Lo desconozco. Supongo, que cada uno por una razón distinta y todos por lo mismo. Parecemos los mosqueteros. Sin embargo, nos cuesta más adorar a algo cercano y cuando más divino parece un poco más fácil  nos es ¿Por qué? Lo desconozco otra vez. Pero un hachazo terrenal hace que la masa, a menudo, venere más o empiece a odiar.

Después de una travesía por el desierto, Alberto Contador, ha vuelto. Eso, sin haberse ido nunca. Aunque sí, que se ha reencontrado seguramente, a él mismo. Ese que el año pasado busco, una y otra vez, en lo más profundo de sus vísceras, en rincones inhóspitos de su corazón, de su empeño, en el cansancio y la desesperación. Ese, que sin saber muy bien el por qué había perdido su punch, se había ablandado y demasiados se lo reprochaban. Pues luchar para perder, nunca ha sido lo mismo que hacerlo para ganar. La fama sabe mejor cuando es por ganador. Por otra parte, las resurrecciones, siempre, han sido algo muy celestial, muy heroico, muy de pasión. Y así, a resurgido; Vuelve a sacudir el árbol, haciendo caer la fruta madura por su propio peso. Vuelve a vencer y a convencer. Vuelve a dispara balas certeras. Tiros de gracia. Vuelve a hacer que los feligreses esperen en la puerta de su autobús, para que en los pocos segundos, atento él, en los que sale a agradecer, le puedan venerar. Aunque solo, es principio de temporada.

Buscamos ídolos. Seguramente, para poder celebrar lo que sin ellos y por nosotros mismos nunca podríamos hacer. Victorias épicas, historias creadas únicamente para unos pocos elegidos. Ocurrencias de genios. Ataques repentinos en lugares inesperados y ataques previstos pero tan certeros que asombran.  Alberto, es ídolo de muchos, entre ellos yo, y sé la razones. Razones que demuestra en cada carrera y después de ellas.


Que siga la fiesta.       

sábado, 15 de marzo de 2014

Olor



Huele a duelo. A un cara a cara, a dos, tres o cuatro bandas. A dolor de piernas aún no bronceadas por el sol, por el calor ni por los kilómetros. A sudores fríos. Las etapas exigentes cada vez se hacen más deprisa y eso es síntoma de un punto de forma más óptimo. Se perfilan los cuerpos, limando eso quilos invernales. El sur es un buen lugar para empezar todo. El norte y su infierno, espera para días y carreteras polvorientas, eternas, duras y exterminadoras. Después, será et tiempo de las tres semanas.

Mientras tanto, en lo terrenal, huele a marchas cicloturistas. A asumir entrenamientos para no quedar atrás los fines de semana. A buscar tiempo de lunes a viernes, para escaparse a hacer kilómetros que las piernas agradecerán en días que la mecha se encienda, sin saber por qué; quizás por buenas sensaciones de algún compañero o deseos de revancha de temporadas pasadas. Sin embargo, es necesario llegar dignamente a casa, aunque la paliza sea considerable. Pues la vida continua y las obligaciones también.


Comeré entre la Paris-Niza y la Tirreno-Adriático. Disfrutando del sacrificio de los ciclistas. Pan y circo. ¿Qué más se puede pedir?      

sábado, 1 de marzo de 2014